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Bienvenido, Juan Palomino

Es un honor dar la bienvenida a Juan Palomino (México, 1984), quien manifiesta haber encontrado en la ilustración "un lugar en el que puedo darle salida a mi forma de vivir". 
Tras estudiar Filosofía, se desvió de la ruta académica para trazar con sus lápices un camino donde ha obtenido reconocimientos tan destacados como el premio del IV Catálogo Iberoamericano en 2013. (Te invitamos a visitar su portafolio).

Poco después de licenciarte en Filosofía, adoptaste la ilustración como oficio. Alguno diría que tienes un ojo clínico para las profesiones... ¿Qué te decidió por la ilustración? 

Fue muy circunstancial. Aunque la filosofía, entendida en términos quizá muy personales, es mi más íntima vocación, yo no me veía mucho en el ámbito académico, ni lo hacía bien ni me sentía cómodo en él. La filosofía en la academia era, a veces, lejana de mi forma de vivirla. Más desordenada y pasional que lo que pide el rigor de la investigación formal.

Pensando en que por mi bien debería pensar que si no iba a ser filósofo tenía que hacer alguna otra cosa, pensé que algo que sabía hacer más o menos bien era dibujar, y que tal vez por ahí podría hacer algo. Entonces se dio casi simultáneamente que un amigo me ofreció ilustrar un libro de su padre, que es escritor, y también la oportunidad de asistir a un par de diplomados de ilustración, uno en  la AAVI y después a otro en CASUL, de la UNAM, que es uno de los principales semilleros de ilustradores de la ciudad de México, al menos.

En el diplomado me fue bien, conocí a mucha gente y aprendí muchas cosas; poco después gané el segundo lugar del Catálogo de Ilustradores Infantiles de CONACULTA y, a partir de entonces, todo se ha ido dando más bien solo. Es curioso cómo a veces, o más bien casi siempre, pasan cosas muy diferentes de las que pensamos al principio. Yo nunca había pensado ser ilustrador.

¿De qué modo tu formación filosófica influye en tu plástica? 

A pesar de que tengo la peor memoria y eso no es muy bueno para la erudición, podría decir que los problemas y las cuestiones que solemos llamar filosóficas están presentes siempre, tanto en mi vida cotidiana como a la hora de ponerme a leer y a dibujar. Por lo tanto, hay una influencia de la filosofía en los temas y también en la actitud que tengo al enfrentarme a un proyecto. Mi primer acercamiento al texto es cuestionador. Me pregunto qué hay bajo la superficie del libro, de la historia, de qué modo habla de nosotros.

Por otro lado, aunque es emocionante haber encontrado un lugar en el que puedo darle salida a mi forma de vivir estas cuestiones más felizmente que en una investigación académica, y a pesar de que esta influencia le ha dado identidad a mi trabajo, y eso es bueno.

También tiene su lado oscuro: a veces me gustaría ser más lúdico y más intuitivo, más ligero y más plástico, pero no me puedo quitar una obsesión por hablar de muchas cosas al mismo tiempo, de llegar hasta el fondo, y de cuidar mucho la forma, de mantener el control. Me salí de filosofía por ser muy desordenado y por no ver mucho lugar ahí para la intuición, y en la ilustración soy demasiado metódico y racional.

Al hablar de tu ilustración, te refieres a metáforas y conceptos… ¿Por esa mentalidad encajas bien en los trabajos de prensa? 

Supongo que sí, lo peor que le puedes hacer a una historia es cerrarla con una imagen que lo aclare todo. Que le diga al lector cómo debe leer la imagen, cómo debe pensar e imaginarse a los personajes. Lo mágico de la metáfora, si está bien lograda, es que es de cierta forma más precisa que cualquier otro intento de expresar algo, al mismo tiempo que siempre deja cosas ocultas. Por eso es apropiada para expresar al mundo, que siempre se muestra y oculta al mismo tiempo. Una ilustración metafórica es una lectura diferente y propia de la literal del texto, es el resultado de un diálogo con él, por lo que enriquece la experiencia del lector, le provoca más preguntas. Ese es mi objetivo, supongo que por eso es diferente de la comunicación más directa y eficiente que busca una imagen publicitaria.



Como con todo ganador del Oscar, al más puro estilo de los más sesudos entrevistadores, resulta obligado preguntarte cómo sienta ganar el Catálogo Iberoamericano… ¿Te llamaron, te escribieron? ¿Dónde estabas en ese instante? ¿Comprando el pan, en la fila del colectivo? 

Estaba en mi casa, que también es mi estudio, olvidado del día del fallo. No tenía muchas expectativas de resultar ganador por el nivel que ha alcanzado el Catálogo Iberoamericano últimamente. Me tomó totalmente por sorpresa. Hasta después pude dimensionar lo que podía implicar ganar ese concurso. Antes sólo pensaba, bueno, si llego a ganar voy a poder tener un rato de tranquilidad financiera (risas).

"Su trabajo tiene la mejor expresión en términos editoriales, además de que evoca misterio a través de la gran narrativa de sus imágenes, y de su capacidad de atrapar al espectador", argumentó el jurado al concederte el premio. ¿Qué más podemos añadir?  

No sé si podría añadir más. Todo lo que se diga depende del que observe mi trabajo. Algo que me da mucho gusto es que un trabajo tan íntimo, que responde totalmente a mi forma de experimentar el mundo, y de desear experimentarlo, haya logrado esa capacidad de atrapar al espectador. Lo mejor es haber podido hacer esa conexión con los lectores de mis imágenes en un trabajo que hice con plena libertad.

Un jurado compuesto, nada menos, que por Alysson Ribeiro (Brasil), Bernardo Carvalho (Portugal), Uzyel Karp (México), Javier Zabala (España) y Santiago Solís (México). Cuando se recibe un reconocimiento de este tipo, ¿se bloquea uno por la responsabilidad al tomar el lápiz? 

Me tomó tiempo entender qué significaba todo. Y, sí, me dio miedo. Supongo que este reconocimiento pone las expectativas sobre mi trabajo en otro lugar pero, sobre todo, pienso que lo que me dio el premio fue el resultado de una búsqueda muy sincera y que a eso es a lo que debo permanecer fiel. Y también que ganar un premio como este significa mucho pero no es una garantía de nada ni motivo para quedarme en lo mismo. No es un permiso para sentarse a descansar sino lo contrario. Un reconocimiento así me da confianza en mi trabajo, claro, pero hay que aprovechar las oportunidades que dan este tipo de momentos afortunados para seguir explorando.



¿Te han pedido algún autógrafo por la calle? Más en serio, ¿recuerdas la primera vez que un lector te habló de tu obra?

Uno de los recuerdos más lejanos y más felices es un mensaje que me escribió el autor de uno de los primeros libros que ilustré. En él me decía que estaba muy feliz con las ilustraciones de su libro, que realmente le daba una dimensión más a sus cuentos, y que los enriquecía. No me pudieron haber dicho algo mejor. Es lo que los ilustradores buscamos, creo.

Por otro lado, me da pena decirlo pero no he escuchado mucho de los niños lectores de mis ilustraciones. Espero tener la oportunidad pronto. Es una deuda pendiente acercarme más a ellos.

Volviendo a tu trabajo, ¿cómo relacionas texto e imagen? 

Pienso que la imagen debe ser el resultado de una lectura personal, propia, del texto; no su repetición. Ambos deben, idealmente, dialogar; y de este diálogo deben surgir cosas nuevas en el lector que no son ni el texto ni la ilustración. En la imagen está presente el texto, claro, pero a través de la mirada particular del ilustrador, que te puede hacer regresar a él desde otra perspectiva, desdoblarlo no para agotar su significado sino para multiplicarlo. Una imagen, y en este caso una ilustración, es una lectura que también se lee.

Me gusta pensar en la palabra ilustración desde su significado literal. Es algo que da luz a un texto, pero no es una luz plena, total. No es una luz que aclare. La ilustración ilumina, sí, pero sólo alguna parte del texto. Deja siempre una sombra y produce nuevas sombras. La claridad se agota en sí misma.

¿En qué técnicas te mueves? 

Me muevo con inseguridad y titubeos en técnicas tradicionales como acuarela, gouache, acrílicos, lápiz. Y, últimamente, con más seguridad y frecuencia en la ilustración digital. Ha resultado, por paradójico que parezca, una técnica en la que me he permitido menos control que en las tradicionales, en las que aún me debo de liberar de un montón de cosas que me dijeron desde niño.

Al final la técnica que uso la determina el proyecto. Al leer un texto, este evoca imágenes con ciertas características, texturas, colores, complejidad.



¿Piensas que las imágenes se 'leen' o se sienten? 


Es una gran pregunta. Pienso que debe haber algo en ellas que te llame y te atrape emocionalmente de forma inmediata. Que te haga detener la mirada en ellas pero luego, por supuesto, que se tienen que leer, aunque leer no significa observar fríamente, tampoco. Esta creencia tan comúnmente aceptada de que sólo basta la impresión emotiva para valorar una obra me parece ingenuo, y pobre.

Hay que aprender y enseñar a leer imágenes. No necesariamente se pierde en la mirada detenida y en la intervención de la racionalidad en el momento de contemplar una ilustración, o una obra de arte. Si se aprende a leer las imágenes, y a leer en la experiencia en general, se vuelve mucho más rico el mundo.

Estamos todavía un poco inmersos en una forma romántica de concebir la experiencia estética, como si todo pensamiento la ensuciara, pero pienso que no deja de ser emocional y emocionante una lectura que ni nuble la intuición por entregarse al análisis, ni se pierda de lo que la educación y el pensamiento pueden dar asumiendo que la emoción es pura, que está libre de nuestra historia y nuestro pasado y de la historia de nuestras formas de experimentar y de valorar. Aprender a leer y a escribir para mí son grandes metáforas de lo que podemos hacer en nuestras vidas. Más que conocer y controlar.

Libros, prensa, publicidad...

He sido muy afortunado, la verdad. Y me he encontrado en el camino con muchas personas con las que comparto la sensibilidad y junto a las que ha sido un placer trabajar.

...y también animación con el programa Imaginantes de Televisa. 

Es un proyecto de difusión de la lectura y la imaginación que va ya, creo, por tres temporadas de cápsulas para niños con temas de libros, cuentos y escritores. En todas las cápsulas, o casi, participa algún ilustrador, lo que es afortunado porque ha sido la oportunidad de trabajar en una forma de expresión visual a la que muchos no estamos acostumbrados. Además, dentro de lo pobres que suelen ser los medios masivos de comunicación, este tipo de proyectos es de lo más rescatable.

En un par de palabras (o casi)




¿Quién sería el pensador más visual? Los artistas.

¿Imaginas el Tractatus en álbum? (Risas). ¿El Tractatus? Sería un gran reto.

Ilustrar para... (No vale decir llevar la paz al mundo ni descubrir al niño que llevamos dentro). Provocar lecturas.

La primera ilustración que recuerdas... Cuando era niño tenía un libro setentero que se llamaba Mi primer libro. Era de puras imágenes. Como lo veía solo, sin saber leer y sin que me explicaran de qué iba, todo me parecía muy inquietante.

En dos palabras o casi, ejem. ¿Y la primera que tú dibujaste? En la primaria hacíamos viñetas diarias sobre alguna efeméride, o algo que nos hubiera pasado recientemente. Esas fueron mis primeras ilustraciones, creo.

Antes de sentarte a trabajar, siempre... Lucho a muerte contra el deseo de seguir dormido.

No podrías dejar de dibujar... De cierta forma, a mí mismo.

En una excursión por el arco iris te permiten llevarte un color a casa... Me llevo uno de esos colores raros que están entre dos que sí tienen nombre.

¿Tu rincón de lectura favorito?  Cuando se puede, al aire libre.

Por cierto, ¿estás leyendo?  Recién leí Tres veces al amanecer, de Baricco.

¿Lo recomiendas? ¿Por qué? ¡Sí! Una muestra breve pero bella de lo que puede hacer posible la literatura, jugando con el tiempo. Es un gran tema. Me gusta de Baricco lo afortunado y preciso de sus descripciones de pequeños gestos, y la construcción de sus personajes.

Lo dicho, Juan, bienvenido a tu casa.



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